Bicentenario Marista 2017

2017: Un nuevo comienzo

El 2 de enero de 2017 se cumplirán dos siglos del Instituto. En nuestro camino hacia 2017, el mismo P. Champagnat nos invita a un nuevo comienzo. Pedagógicamente, vamos a recorrer este camino guiados por 3 iconos maristas: Montagne, Fourvière y La Valla. Tres iconos que nos recuerdan aspectos esenciales de nuestra vida y misión. Tres dimensiones que probablemente marcarán la vida marista en nuestro próximo futuro.

                              

El encuentro con el joven Montagne fue un acontecimiento que marcó profundamente la vida del P. Champagnat y ciertamente provocó el nacimiento del Instituto Marista.

El 28 de octubre de 2014, aniversario del encuentro del P. Champagnat con el joven Montagne, daremos inicio al año MONTAGNE. Coincidirá con la celebración del año de la vida consagrada en toda la Iglesia.

Este primer icono nos acompañará hasta julio de 2015. Será un recuerdo de la importancia y la urgencia de nuestra misión, tan actual hoy como en tiempos del P. Champagnat. Inspirados por nuestro Fundador, que se desplazó desde La Valla hasta este lugar caminando durante varias horas, también nosotros nos sentimos llamados a ponernos en camino al encuentro de los jóvenes Montagne de hoy, allí donde se encuentran.

En nuestros oídos resuena la insistente llamada del Papa Francisco a salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (EG 20). En su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (49) nos dice:

Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: « ¡Dadles vosotros de comer! » (Mc 6,37).

¿Qué ardía en el corazón del P. Champagnat, en su camino de regreso a La Valla, después de haber encontrado al joven Montagne? ¿Qué latía en su interior, que le llevó a fundar el Instituto pocos meses después? Preguntémonos: ¿No es este mismo camino el que ahora estamos llamados a rehacer, dejándonos interpelar profundamente por la situación de los jóvenes Montagne de hoy.

 

El 23 de julio de 1816, al día siguiente de su ordenación, un grupo de jóvenes sacerdotes, llenos de ilusión, se encamina hacia el Santuario de Fourvière, en Lyon. A los pies de Nuestra Señora, en la capilla pequeña que tengo detrás, hacen su promesa de constituir la Sociedad de María. 

En 2016 celebraremos los 200 años de esa promesa. Por eso, el segundo año, desde julio 2015 hasta julio 2016, nos presidirá el icono de Fourvière. Desde el inicio, los primeros maristas imaginan la Sociedad de María como un gran árbol con diferentes ramas: religiosos sacerdotes, religiosos hermanos, religiosas y laicos. 

El proyecto no obtuvo el reconocimiento eclesial en aquel entonces; quizás la coyuntura histórica no era la adecuada. Hoy día, las circunstancias son muy distintas. Reconocemos con agradecimiento que el Espíritu Santo ha hecho florecer entre nosotros la vocación laical marista. Miles de laicos y laicas de todo el mundo se sienten llamados a vivir el evangelio a la manera de María, según la tradición del P. Champagnat y de los primeros hermanos. 

Los orígenes de la Sociedad de María nos recuerdan que religiosos y laicos estamos asociados para la misión, y llamados a ofrecer el rostro mariano de la Iglesia, con nuestra manera peculiar de ser y de construir Iglesia. Nuestro último Capítulo general nos invitaba a una nueva relación entre hermanos y laicos, para servir mejor a la apasionante misión que la Iglesia nos confía. 

El mismo Capítulo decía: Contemplamos nuestro futuro marista como una comunión de personas en el carisma de Champagnat. Permanecemos, pues, abiertos a la creatividad del Espíritu Santo, que nos puede llevar, quizás, por caminos totalmente insospechados. 

La casa de La Valla será el icono que orientará nuestro tercer año, desde agosto de 2016 hasta agosto de 2017. La celebración central, como es fácil de imaginar, será en torno al 2 de enero, cuando cumpliremos 200 años de nuestra fundación.

Esta casa, recién renovada, consta de 3 pisos. Cada uno de ellos tiene un simbolismo, que podemos asociar con los tres años de preparación al bicentenario.

Nos encontramos en el piso superior. Nos viene a la memoria la comunidad apostólica, reunida también en el piso alto el día de Pentecostés. Se trata, en efecto, del espacio de la misión: Id y haced discípulos por todo el mundo… Un lugar amplio, luminoso, abierto al mundo. Nos recuerda el año Montagne, y la llamada a ir hacia las fronteras y los márgenes.

En la planta baja se encuentra la famosa mesa de nuestros orígenes, que representa el símbolo de la fraternidad. En torno a esta mesa se sentaron el P. Champagnat y los primeros hermanos. Hoy esta mesa se ve enriquecida con la presencia no sólo de hermanos, sino también de laicos y laicas maristas, llamados a construir una Iglesia de rostro mariano. Es el icono del segundo año, el año Fourvière: asociados para la misión marista.

El tercer año, que será de preparación inmediata al XXII Capítulo general, quiere concentrarse más en esta parte de la casa que hasta hace poco ha permanecido oculta a los visitantes.

Es un pequeño espacio en el subsuelo, al cual hay que descender. Simboliza ese espacio interior en que cada uno de nosotros es habitado por el Misterio. Es el espacio de la interioridad, de la dimensión mística de nuestras vidas. Sabemos que el compromiso con el crecimiento espiritual era algo fundamental para el P. Champagnat: su profundo espíritu de fe le hacía vivir la presencia de Dios con toda naturalidad ya fuera en los bosques de l’Hermitage o en las ruidosas calles de París. Vivir como él, supone cultivar el silencio, dar tiempos suficientes a la oración personal y comunitaria, ponerse a la escucha de la Palabra del Señor, como María de la anunciación. Como Ella, que guardaba y meditaba todas las cosas en su corazón, intentamos ser contemplativos en la acción.